Cómo descifrar el lenguaje femenino, Parte 2: leer entre líneas, dobles sentidos.

Como decíamos ayer… el lenguaje femenino tiene una serie de matices, dobles sentidos y significados ocultos que ríete tú de cualquier algoritmo secreto para cifrar mensajes de guerra. Ni el tipo este que descifró el de los nazis, Turing, ni Stephen Hawking ni puñetas en vinagre. Es más, creo que ellos descubrieron lo suyo intentando comprender a sus mujeres, y en sus ratos libres, pues el uno se metió con el código de marras y el otro se puso a pensar en agujeros negros… un poco para desestresarse, oyes, tarea ligera.

Como os decía, la clave, el origen, la esencia del problema es… el uso de un código doble:

– “Tienes que entender lo que te estoy diciendo exactamente con mis palabras”

–  “No te fijes en lo que te estoy diciendo, si no en lo que tú sabes que te quiero decir y que trasmite mi lenguaje corporal, tono de voz, cadencia, mi expresión facial y mi mirada”

¿Cuándo y en qué circunstancia se ha de aplicar cada sistema? Pues ahí va lo chungo, amigos, y es que NO EXISTE UN PARÁMETRO fiable o un modelo, una matriz o nada que se le parezca. Es total, absoluta y completamente aleatorio.

Visto esto, a priori uno puede pensar que la solución al enigma es simple: aplicar primero un principio, y si no funciona, el segundo. Pues ahí le has dado, amigo: si has usado uno, se siente, pero ya la has fastidiado. Porque no habrás hecho o dicho lo que ella quiere, por lo que ya has metido el cuezo. Y lo siento, no hay botón de reiniciar y toca apechugar con las consecuencias de haberla animado-a-comprarse-un-vestido-que-ella-quería-pero-que-no-se-le-sienta-bien-y-ella-lo-sabe-pero-tú-la-miraste-y-pensaste-que-le-gustaba-y-por-eso-se-lo-llevó. Pero no, así que ahora ella está cabreada porque tiene un vestido caro que no se pone porque cada que se lo prueba en casa le recuerda que debe perder 2 kilos para poder volver a respirar con él puesto.

Los más avezados guerreros de este combate, hombres que a base de años de equivocarse han empezado a cogerle el truco, os podrán decir que simplemente, buscamos que se nos diga a todo que sí. Pero eso es una conclusión simplista e injusta, que os volverá pobres eunucos tras unos años de relación, y a la otra, tarde o temprano, se le cruzarán los cables y se hartará de que le digas siempre que sí. Porque, y eso es verdad, tampoco nos gusta eso (todo el tiempo, quiero decir, ejem.)

Entonces, cuál es la solución??? Cuál?? Pues yo la tengo.

Así es

Y te estás muriendo de ganas de que te la cuente, verdad?

Espera.

Un momento.

Ajá.

Venga, que voy.

Es muy sencillo. En ciertos momentos, cuando hay dudas de qué código aplicar ante una pregunta y cómo contestar, hay que tener muy claro un concepto, grabado a fuego: NOSOTRAS YA SABEMOS LO QUE QUEREMOS HACER. Ya está, ya lo he dicho. No necesitamos que nos lo digan. Sabemos si el vestido nos sienta mal, el colegio que queremos para los nenes, si queremos ir a comer con tu madre o no el domingo y si esta noche queremos pizza o hamburguesa. O en el peor de los casos, sólo nos hace falta un empujón para tomar la decisión.

Entonces, amigo mío, sé listo: devuélvenos la pregunta. Simple y llanamente. Haz tú la pregunta para que ella te la responda. Sírvase el siguiente ejemplo:

Ella: cari, qué opinas de este vestido.

Opción 1:        Te queda muy bien

Opción 2:        No me gusta, no te termina de sentar bien.

Opción 3:        ¿Qué opinas tú??

Obviamente, la respuesta correcta es… la 3. ¿Por qué? Porque ella sabe ya lo que quiere, sólo necesita un refuerzo. Y si ella te dice que la queda bien y que se lo lleva, pues se lo llevará. Ya es cosa tuya decirle que es caro, pero si ella tiene esa duda (que seguramente lo dirá) tú ya puedes meter baza. Si sabe que no le queda bien, al decirlo en alto, se auto-convencerá y lo dejará en la percha. O tú podrás decirle que tiene otro que la sienta mejor o cuyo color le va más, porque ese le hace parecer cadavérica. El resultado es lo de menos: es que tú has sorteado hábilmente el escollo.

Así que… hazte hábil en reformular preguntas, repregunta y requetepregunta. Y, una vez espantado el fantasma del doble sentido, sabiendo lo que la otra piensa, por lo menos, podremos discutir o comentar haciendo un uso literal del lenguaje, sin preocuparse de las minas enterradas en forma de palabras peligrosas.

Mmmhh, palabras peligrosas. Palabras tabú. Un tema muuuuy interesante, que desarrollaremos en otra ocasión. Continuará…

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Cómo descifrar el lenguaje femenino, Parte 1

Recogiendo el guante lanzado por Marta, y abusando un pelín de los topicazos, me animo a hacer un breve glosario de ciertos términos y expresiones típicamente femeninas, y su correspondiente traducción al lenguaje masculino. Cierto es que no estoy descubriendo la pólvora, pero… no pasa nada porque lo repita porque a estas alturas de la vida anda por ahí mucho Homo Sapiens macho profundamente despistado porque, aunque ha leído en Facebook una pequeña lista de estas expresiones con doble sentido, se ha hartado de recibir coñitas por WhatsApp y memes por Twitter al respecto, no termina de cogerle el tranquillo a este dialecto y de captar sus sutilezas.

Dicho esto, anuncio que mi propósito es meramente altruista y obedece al simple y llano propósito de ayudar a tender un puente de comunicación entre hombres y mujeres. Así que agárrense, que vienen curvas.

Como la multitud de situaciones en los que el lenguaje femenino se desdobla son infinitas, es conveniente separarlas un poco por la tipología según la situación:

Parte 1, Conocerse (momento bar, pub, primera cita)

1)

Ella: Tranquilo, no pasa nada porque llegues 20 mins. tarde.

Estooooo… está cabreada, mucho. Porque ha tardado media hora en alisarse el pelo, otra media en maquillarse, probablemente hasta se ha depilado con dolor, se ha cambiado de ropa 3 veces, ha corrido con los tacones (poniendo en serio peligro la vida y los tobillos) para estar a tiempo, Y TU NO ESTABAS. Y te ha esperado, con dolor de pies y pasando frío/calor. Corrijo, está en modo Súperguerrero. O te pones las pilas y lo compensas, o esto ha empezado súper súper mal.

2)

El: Me gustan los perros

Ella: Uff, yo soy más de gatos, no me gustan nada los perros. Pero nada nada.

Chico, no me gustas. Estoy empezando ya a poner barreras. Lo mismo me encantan los chuchos y llevo un mini Chihuahua en el bolso, a lo Paris Hilton, pero por marcar distancia, lo que sea. O lo mismo no me gustan los perros de verdad, vaya usté a saber.

3)

Ella: Uy, qué ambiente más… interesante hay en este bar.

Sácame de aquí, odio este sitio, por favor, apiádate…

4)

Ella: Vamos a pagar a medias, insisto, por favor!

Chico, la verdad es que esta cita está siendo tan desastre que no quiero ni recordar que te debo la cena, prefiero no dar excusa para volver a verte, so sorry!

5)

Ella: Uy, tienes mogollón de personalidad y originalidad vistiendo.

Vas hecho un adefesio, Santo Dios, por qué me tiene que pasar a mí esto??

6)

Ella: qué bien, primera cita y me llevas a comer una hamburguesa. Ahora se lleva mucho, sabes?

Chico, la has fastidiado. NUNCA lleves a una chica en la primera cita a comer spaguetti, hamburguesas o un Kebap. Nos vamos a preocupar más de no acabar cubiertas de salsa que de ti. Y cuando terminemos esa lucha por mantener una mínima dignidad, respaldadas por una tropa de servilletas, estaremos cansadas y te odiaremos. Oh sí, te odiaremos…

7)

Ella: Así que no te gusta hacer deporte. Ya, se nota, sí, esto, la vida sedentaria es malísima.

Te sobran kilos: deja de comer gusanitos y pizza jugando a la PSP y sal a correr. Si es posible, desde ya, que falta de hace, joven mamut peludo.

8)

Ella: ufff, estoy liadísima últimamente, hablamos y ya quedamos, vale?

Parole parole parole.. esperar a esta chica es tontería.

Pero como no todo va a ser muerte y destrucción, hay otra contraparte:

1)

Ella: Qué sitio más chulo, me encanta, muy buen gusto!

O

Ella: Ya lo conocía y es de mis favoritos.

Ooooohhh, impresionada me hallo. Empiezas muy bien, mi joven padawan, muy bien.

2)

Ella: mejor esta mesita de aquí, con menos luz.

Ajajajá, porque solo te quiero ver yo, truhán! Y que no mires al resto de lagartas que pueblan el lugar.

3)

Ella: elige tú el vino si quieres.

Me fío de ti, fíjate tú, si delego desde el principio es que me das buen feeling, muchacho.

4)

Ella: qué bien hueles, qué colonia usas?

Si se ha tomado la molestia de acercarse lo suficiente, y oler, y le ha gustado, uy uy uy… loquita la tienes! A los hombres dicen que se les conquista por el estómago, pero a las mujeres ciertamente que es por el olfato.

5)

Ella: y si nos tomamos una copa?

Esto va por buen camino, muy muy bien. Si no, habría huido a la altura de tomarse los cafés.

6)

Ella: tienes mucho estilo, estás muy guapo.

Ojo con la palabra clave: guapo. Si una chica te dice “guapo” es que estás muy guapo, vamos, estupendo, para comerte con patatas. O ella te quiere comer con patatas.

Visto esto, creo que sería más fácil si los hombres y las mujeres habláramos con subtítulos, se ganaría mucho y nos evitaríamos muchos disgustos/decepciones, la verdad. Pero mientras tanto, valga este brevísimo índice. Y preparaos, que acabamos de empezar!!! Próximo post: de compras, terrorífico!!!!!

Normcore

Valga decir desde un principio que a servidora se la puede englobar dentro de las “Geles”: “La definición es de una buena amiga, son la clase media de la clase media. La insulsez, la pochez con bragas de Oysho. A medio camino entre todo: adora las mascotas, las pelis de Disney (las clásicas más), le gustan los canallas (con barbita), Coldplay, Pablo Alborán, su ciudad es «París», lloran con el Diario de Noah, se parten con Dani Rovira, le chiflan los mojitos en verano —que es cuando se vuelve un poquito loca” Jesús Terrés dixit, GQ. Aunque personalmente prefiero las bragas de Victoria´s Secret, no me gustan los perros, no a Disney y sí a Pixar y aunque me encantan los canallas con barbita – touché!, voy a los conciertos de Coldplay pero escupiría y patearía sin parar a Pablo Alborán, mi ciudad es Roma (“la cittá eterna”) y no me odio lo suficiente como para tragarme El Diario de Noah ni en un arrebato de desesperación menstrual.

Como decía, el ser una Geles del extrarradio podría hacer que tuviera una opinión bastante prosaica (o práctica, según se mire) del mundo alternativo debido a mi horizonte vital pocho e insulso y relativamente poco refinado (pijerío, que le llamamos por aquí), pero tras asomarme un poco y con cierta timidez a las revistas de tendencias de vida (lifestyle) acabo de enterarme ahora mismo que, después del neo-con, el postureo, los hypsters y el hombre lumber-sexual, ahora lo que se lleva es el normcore. El retorno a los básicos. Vamos, que ahora lo más moderno de lo hiper-alternativo de lo súper guay es… ser normal, ir a lo tuyo y pasar de las tendencias. Ser uno mismo con su propio mecanismo, en una especie de “paso de todo ese rollo, a quien no le guste que no mire” Que no pasa nada por ir al VIPS el fin de semana en vez de esperar 1 hora para cenar en Marieta o en El Ten con Ten, que los chándal no están tan mal, que una camiseta con un vaquero está bien para salir un fin de semana, que no es necesario tener Twitter (en el fondo, a quién le importa lo que se diga a un público anónimo en 140 caracteres?? Queda a una caña y me lo cuentas en persona, hombre!) y que, en el fondo, esa felicidad cotidiana es mejor que ese dramatismo de probar continuamente que me he leído la bibliografía entera de Kerouac / me sé de memoria el último disco de Arcade Fire, My Bloody Valentine y Foals/ me compro los relojes hechos a mano en Detroit / el tipo de ginebra de moda y la mejor manera de combinarla.

O sea, que ahora todos los guays del mundo van a volverse… como el resto de los mortales? Es eso?

Y qué os digo yo a esto?? A esta invasión de la normalidad??? A esta usurpación por parte de los modernos de lo que nos pertenece?? Sabéis qué os digo???????

Pues parafraseando a mi jefe:

– Camarero, un gin-tonic.

– Cómo lo quiere el señor?

– Con Beefeater y tónica Chueps

– Nada más? – asombro en la cara del camarero

– Nada más. Sin verdura de esa. Quiero un gin-tonic, no una ensalada.

Modernos, de verdad, volved a meteros en esas cuevas oscuras de Malasaña de dónde habéis salido y pensad despacio en lo que habéis hecho. No os molestéis en imitar al resto del mundo: molaba tanto ver cómo os afanabais tanto en diferenciaros unos de otros en una lucha fratricida de estilo y maneras para, al final, ser iguales en vuestra modernidad!  Para los y las Geles del mundo, era algo divertido a lo que asistíamos con una mezcla de asombro, diversión y un leve complejo de inferioridad (por qué no decirlo) fruto de no tener ni pajolera de lo que estabais hablando/ escuchando en vuestros IPod mini con auriculares gigantes o leyendo en el metro, pero qué os hacía tan interesantes y graciosos.

Así que, de verdad, hypsters / modernos, concentraos en lo vuestro: en buscar el siguiente estampado fashion al de los flamencos rosas, el próximo complemento facial que sustituya a la barba Papá Noël, el corte de pelo que suceda al rapado medio militar y el próximo modelo de marca de zapatillas a resucitar tras las New Balance o las Victoria (las John Smith, por ejemplo??)

El normcore es mainstream, amigos modernos, no os dais cuenta… dejadnos a los especialistas en eso, que somos el 90% de la población. Lo vuestro es lo outsider, lo fuera de los círculos tradicionales. No os traicionéis a vosotros mismos.

Y sobre todo, no nos toquéis las narices a la gente normal, que bastante tenemos con lo nuestro y llevamos leyendo u oyendo las memeces existencialistas de vuestro rollo no sé cuánto tiempo. Porque o volvéis a vuestros antros estilo neoyorkino a idear moderneces o os metemos nosotros a empujones. Ya lo he dicho, avisados estáis.

Diciembre

No sé si será por la luz mortecina y descolorida que se apaga poco a poco a medida que avanza el mes, por el frío cortante que convierte a mi barbilla en un refugiado feliz tras la bufanda, por la sensación de felicidad que es leer un libro con un café caliente al lado y embutida en mi jersey a la luz algo triste que entra por la ventana, por el olor a churros en las calles, la humedad de las hojas que me hace anhelar la montaña, las setas cocinadas en mil recetas, el calor de una mano cariñosa en la cintura, por la preparación de la Navidad…

Me gusta haber liquidado al tinto de verano y cambiarlo por un verdadero caldo: Muga si es posible. Desterrar las ensaladitas y recuperar unas buenas judías blancas con almejas. Ver, por fin, a la gente vestida y tapada, que alguno/a pierde el norte en verano y hay anatomías que es mejor ni adivinar y menos enseñar: la vuelta a la bendita elegancia de la ropa de invierno en forma de abrigos/chaquetas/bufandas/botas de tejidos con empaque. El olor de mandarina o naranja en los dedos después de pelarlas. El calor y olor del horno mientras se hace el roscón de Reyes. La lluvia que golpea el alféizar de la ventana cuando tengo que levantarme y suplico por 10 minutos más. Hollar la nieve virgen mientras caminas por la montaña, con el silencio helado en suspensión. Correr por la calle de noche sintiendo el aire frío abriendo los pulmones a tope. El color de los árboles mientras pierden la hoja. La niebla por la mañana luchando por despegarse del suelo. Las luces de Navidad, que nos recuerdan la luz que vino al mundo hace 2000 y pico años. La cara fría y el corazón caliente. Eso es diciembre, eso es el invierno. Y me encanta.

Excusitas

Excusatio non petita, acusatio manifesta, Ximena dixit. Tranquilos, no vuelvo reconvertida en repipi profesora de latín! Es que el sábado tuvimos una interesante puesta en común sobre el mundo de… las excusitas. De los porqué tenemos la necesidad de compulsiva de poner una serie de razones por delante para justificarnos: cosas que sabemos por anticipado que han sido un error/metedura de pata/despiste… y que hay que disfrazar, opacar, envolver, tapar con motivos más o menos loables para, simplemente, aparentar que ese resultado malo o no era tan malo, o era el menos malo. Y que ha sido todo razonablemente pensado para llegar a ese punto. O que somos unas desgraciadas víctimas de las más pavorosas circunstancias (impuestas, aleatorias e injustas, por supuesto)

Pero la realidad es que… nos excusamos muchas veces para quedar bien, para salvar la cara, para dar el pego y que no nos pillen con el carrito del helado. Porque lo que queremos tapar es un desastre como una catedral y ni San Pedro nos salva de quedar como la altura del betún. Vamos, mentira cochina de la más negra. O nos tragamos las excusitas ajenas porque nos duele más asumir la realidad (duro de narices)

El proceso de las excusitas, parte de un principio básico: rechazo de la responsabilidad, siempre. SIEMPRE. Es el ABC de este proceso. Alias “yonotengolaculpa” Y a partir de ahí, podemos empezar a desarrollar la inventiva:

– Menudo atasco que he pillado / menudo accidente, siento llegar tarde: he de reconocer que los tardones como yo nos escondemos cobardemente en estas frases en multitud de ocasiones, con la fútil ilusión de que la otra parte en la conversación (el jefe que nos ha pillado llegando tarde, el amigo/novi@ que lleva 20 mins. esperando en el restaurante y que ha visto que le pasan 2 mesas por delante porque tú no estás) se lo va a creer. La realidad suele ser más bien:

1. Me he dormido.
2. He retrasado el reloj 10 minutos para apurar un poco más en la cama… 2 veces.
3. Por aparecer impresionante me he estado maquillando como una puerta y se me ha hecho tarde (apto para citas o quedadas con amigos)
4. No sabía qué ponerme y he tardado un millón de años en decidirme.
5. Estaba viendo una película súper interesante / partido de fútbol / el Sálvame (inciso: por favor, que alguien me diga dónde firmar para que lo cancelen, gracias) y se me ha ido el santo al cielo.
6. Me he perdido y como soy un macho no pregunto porque me fío de mi atávico instinto de orientación (apartado especial para hombres)

– Se me ha estropeado el ordenador/impresora y no tengo el trabajo/informe listo a tiempo: mentira gorda, grande y peluda. No está hecho, y no hay más que hablar.

– No se me dan bien las relaciones porque he tenido muy mala suerte, me han tocado cabrones/histéricas y por eso soy una histérica fanática del control/un capullo que no se compromete: no no no no. No nos han puesto una pistola en la cabeza para salir con esas personas. El/ella se equivocaron, pero nosotros salimos con ellos, tomamos una mala decisión que fue el principio de un desastre. Toca aprender y apretar los machos, pero nada de niñerías estilo “Soy rebelde porque el mundo me ha hecho así” Esa frase sólo queda bien en una canción, y tampoco te creas que a mí me gusta mucho. La culpa no sólo la tienen los otros, leñe.

– No tengo amigas porque he tenido muy mala suerte, sólo he dado con brujas que me han apuñalado por la espalda: típico, más común de lo que pueda parecer. A ver, todos hemos tenido una mala experiencia con amigos que han dejado de serlo, por culpa de uno mismo o de los otros, vale, ok, aceptamos barco como animal acuático. Te puede pasar con algunos… pero no con todos!!!! Tengo observado además que, en el caso de las chicas que dicen eso, suelen ir acompañados de actitudes egocéntricas (dígase, repetir el “yo, mi, me, conmigo” tendiendo a infinito en una conversación) con marcada tendencia al monólogo, ínfulas de líder y en no pocas ocasiones, tonteo con el novio de alguna de ellas. Eso NO facilita que a uno le tengan cariño, la verdad.

– He tenido relaciones complicadas con mis compañeros de trabajo en todas las empresas donde he estado por… (rellenar los motivos que se deseen): los otros son los complicados… o lo soy yo? Si eso se repite mucho, y varias veces, lo mismo llegamos a creérnoslo pero quizá debamos aceptar que todos tenemos un punto chungo, y que lo mismo hay que limarlo un poco para encajar o somos más conflictivos o tenemos peor leche de lo que nos gustaría reconocer. Yo tuve un compañero, llamémoslo X, que fue capaz de currar en una empresa de 20 personas durante 17 años hablándose sólo con el jefe y con el de Administración. Era un tío chungo chungo chungo, pero no le oí excusarse. Sabía que era un borde rencoroso y lo llevaba por bandera, pero por lo menos no le echaba las culpas al resto. Eso sí, era arduo, eh?? Colgaba el teléfono con tal fuerza que rompía uno cada dos meses, y yo estoy segura que a alguno lo tuvieron que desincrustar de la mesa con una palanca.

Como resumen diré que verdades sí, excusitas no. Primero, no darlas: nuestros enemigos no creen nuestras excusas y los amigos no las necesitan.

Y no creernos las nuestras auto inventadas para justificar lo que sea: las cosas suelen ser lo que parecen (“No me llama porque está muy ocupado” – no, no te llama porque no le da la gana y no le interesas, capisci?) y por favor, cambiar lo que toque (nota mental para mañana, Miriam: no atrasar el despertador mañana, sacar la ropa el día de antes… y rezar para que no haya atasco!)

Esto está muy mal pensado

En estos días lluviosos, me pongo meditabunda y cavilosa. Y, haciendo una reflexión silenciosa, me pregunto siempre lo mismo: ¿qué mente brillante, qué ti@ list@ inventó algo tan mal diseñado como… el paraguas? En efecto, lo siento, es así. Es un objeto dañino e incómodo, que a base de usarlo nos hemos convencido de que lo necesitamos, pero encierra un fondo maligno y turbio. Mi ego se rebela ante ellos de una forma inconsciente, perdiendo una media de 2 por invierno.

Y tengo un rosario de razones que me reafirman:

– Siempre que lo cojo, no llueve. No me lo llevo, y llueve. Se conoce como el fenómeno “Ni contigo ni sin ti”

–  Su belleza y su durabilidad son inversamente proporcionales: ese paraguas bonito (dentro de lo que pueden ser) que te han regalado o lo pierdes en cuanto sales la primera vez, o se dobla enseguida en un golpe de viento. Eso sí, el feo de cuadros que compraste en el chino y te corta con la pestaña del cierre no se rompe ni aún queriendo.

–  Sólo vale para lluvia que cae arriba abajo, como diría Forrest Gump. Como introduzcamos una variable en la ecuación “lluvia + gravedad”, no sé, tipo “viento racheado lateral a 20 kms/hora” su eficacia se ve mermada hasta casi desaparecer. Y uno se encuentra empapado, luchando para que el bendito bicho no se dé la vuelta y que te arrastre en el proceso.

–  Ojo, que viene: lo que ocupa una vez abierto. ¿Quién no se ha apartado en una calle o bajado el paraguas para que pase otro?

– Es un arma peligrosa, no tipificada: esto, sin duda, es lo peor. Nadie es consciente, pero los paraguas son pequeñas armas con las que infringimos sufrimiento a los demás en un sinquerer/queriendo. Por ejemplo, ese momento que el que el tío va delante de ti en la calle se para delante de un semáforo para cruzar por el paso de cebra, se para de repente. Y en un acto reflejo, echa hacia atrás el paraguas. Y en ese momento, pueden pasar dos cosas: o te mete una varilla en el ojo (si eres tamaño mini como yo) o directamente te empapa con el agua que resbala lentamente por su superficie hacia tí. Y en el transporte público, siempre hay alguien que o te lo pone pegado al abrigo o a los pies (te calan) o directamente te lo clava en las costillas en cuanto se está un poco apretado. Sea como fuere, el caso es que lo sufres.

– La pestaña metálica del cierre: esto es, con mucho, lo peor que llevo. Debo confesar que tengo un pequeño trauma con eso, desde que, cuando era pequeña, me regalaron un paraguas grande y muy bonito, que se cerraba fatal: me pillaba el dedo con el cierre, y menudos pellizcos!!!! Desde entonces, aunque he tenido algún que otro modelo que cerraba bien, como luego lo perdía, siempre los pliego con más miedo que vergüenza, esperando el pellizco. Por supuesto, hoy en día con mi paraguas de cuadros del chino que se cierra fatal, pues me sigue pasando. En fin.

Total, que tengo un problema con ellos. Llevo gafas, no puedo prescindir de ellos en días como estos porque no veo (hasta que alguien invente algo tipo limpiaparabrisas para lentes) pero de verdad que es un verdadero fastidio. Sólo es comparable a las huelgas de controladores aéreos y a los camioneros franceses quemando fruta, en fin.

Rhett Butler

“Francamente querida, me importa un bledo” Una de las mejores frases de cierre de la Historia del cine. Ese momento en que, tras aguantar carros y carretas, aquel caballero sureño, lleno de pasión y energía, que lo ha dado todo por la loca de Escarlata, decide que hasta ahí ha llegado. Y que ya no siente rabia, ni impotencia, ni pena. Que ya le da igual: está más que harto. Que lo que antes era causa de felicidad, que luego pasó a causar dolor, ya no le mueve ni un pelo. Que pasa, que le toca un pie todo el asunto. Que ahí se queda Escarlata y sus desvaríos, Tara, el no pasar hambre y las puñeteras zanahorias. Que emigra, y que le den con Ten a la otra.

Yo hoy tengo un momento Rhett Butler. Es mi ídolo en estos momentos, mi modelo a imitar. Porque francamente querido, me importa un bledo. Porque las disculpas llegan un año tarde. Porque no hay nada que pueda reparar el daño causado. Porque siento lástima de mi santo nombre manchado por tus palabras esparcidas al viento y a quien quiso oírte. Porque me volviste el corazón y la vida del revés con tus idas y vueltas por puro capricho. Porque como amigo tienes un pase pero como amante eres insufrible. Y, sobre todo, porque no hay vuelta atrás. No hay amor, ni cariño, ni respeto ni admiración. No hay nada. Sólo una determinación: tenerte lo más lejos posible.

Así que, querido, cómprate un bosque y piérdete. Porque Rhett se fue. Miriam se ha ido. Y no hay portazo lo suficientemente fuerte que lo exprese.