Esto está muy mal pensado

En estos días lluviosos, me pongo meditabunda y cavilosa. Y, haciendo una reflexión silenciosa, me pregunto siempre lo mismo: ¿qué mente brillante, qué ti@ list@ inventó algo tan mal diseñado como… el paraguas? En efecto, lo siento, es así. Es un objeto dañino e incómodo, que a base de usarlo nos hemos convencido de que lo necesitamos, pero encierra un fondo maligno y turbio. Mi ego se rebela ante ellos de una forma inconsciente, perdiendo una media de 2 por invierno.

Y tengo un rosario de razones que me reafirman:

– Siempre que lo cojo, no llueve. No me lo llevo, y llueve. Se conoce como el fenómeno “Ni contigo ni sin ti”

–  Su belleza y su durabilidad son inversamente proporcionales: ese paraguas bonito (dentro de lo que pueden ser) que te han regalado o lo pierdes en cuanto sales la primera vez, o se dobla enseguida en un golpe de viento. Eso sí, el feo de cuadros que compraste en el chino y te corta con la pestaña del cierre no se rompe ni aún queriendo.

–  Sólo vale para lluvia que cae arriba abajo, como diría Forrest Gump. Como introduzcamos una variable en la ecuación “lluvia + gravedad”, no sé, tipo “viento racheado lateral a 20 kms/hora” su eficacia se ve mermada hasta casi desaparecer. Y uno se encuentra empapado, luchando para que el bendito bicho no se dé la vuelta y que te arrastre en el proceso.

–  Ojo, que viene: lo que ocupa una vez abierto. ¿Quién no se ha apartado en una calle o bajado el paraguas para que pase otro?

– Es un arma peligrosa, no tipificada: esto, sin duda, es lo peor. Nadie es consciente, pero los paraguas son pequeñas armas con las que infringimos sufrimiento a los demás en un sinquerer/queriendo. Por ejemplo, ese momento que el que el tío va delante de ti en la calle se para delante de un semáforo para cruzar por el paso de cebra, se para de repente. Y en un acto reflejo, echa hacia atrás el paraguas. Y en ese momento, pueden pasar dos cosas: o te mete una varilla en el ojo (si eres tamaño mini como yo) o directamente te empapa con el agua que resbala lentamente por su superficie hacia tí. Y en el transporte público, siempre hay alguien que o te lo pone pegado al abrigo o a los pies (te calan) o directamente te lo clava en las costillas en cuanto se está un poco apretado. Sea como fuere, el caso es que lo sufres.

– La pestaña metálica del cierre: esto es, con mucho, lo peor que llevo. Debo confesar que tengo un pequeño trauma con eso, desde que, cuando era pequeña, me regalaron un paraguas grande y muy bonito, que se cerraba fatal: me pillaba el dedo con el cierre, y menudos pellizcos!!!! Desde entonces, aunque he tenido algún que otro modelo que cerraba bien, como luego lo perdía, siempre los pliego con más miedo que vergüenza, esperando el pellizco. Por supuesto, hoy en día con mi paraguas de cuadros del chino que se cierra fatal, pues me sigue pasando. En fin.

Total, que tengo un problema con ellos. Llevo gafas, no puedo prescindir de ellos en días como estos porque no veo (hasta que alguien invente algo tipo limpiaparabrisas para lentes) pero de verdad que es un verdadero fastidio. Sólo es comparable a las huelgas de controladores aéreos y a los camioneros franceses quemando fruta, en fin.

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