Cómo descifrar el lenguaje femenino, Parte 2: leer entre líneas, dobles sentidos.

Como decíamos ayer… el lenguaje femenino tiene una serie de matices, dobles sentidos y significados ocultos que ríete tú de cualquier algoritmo secreto para cifrar mensajes de guerra. Ni el tipo este que descifró el de los nazis, Turing, ni Stephen Hawking ni puñetas en vinagre. Es más, creo que ellos descubrieron lo suyo intentando comprender a sus mujeres, y en sus ratos libres, pues el uno se metió con el código de marras y el otro se puso a pensar en agujeros negros… un poco para desestresarse, oyes, tarea ligera.

Como os decía, la clave, el origen, la esencia del problema es… el uso de un código doble:

– “Tienes que entender lo que te estoy diciendo exactamente con mis palabras”

–  “No te fijes en lo que te estoy diciendo, si no en lo que tú sabes que te quiero decir y que trasmite mi lenguaje corporal, tono de voz, cadencia, mi expresión facial y mi mirada”

¿Cuándo y en qué circunstancia se ha de aplicar cada sistema? Pues ahí va lo chungo, amigos, y es que NO EXISTE UN PARÁMETRO fiable o un modelo, una matriz o nada que se le parezca. Es total, absoluta y completamente aleatorio.

Visto esto, a priori uno puede pensar que la solución al enigma es simple: aplicar primero un principio, y si no funciona, el segundo. Pues ahí le has dado, amigo: si has usado uno, se siente, pero ya la has fastidiado. Porque no habrás hecho o dicho lo que ella quiere, por lo que ya has metido el cuezo. Y lo siento, no hay botón de reiniciar y toca apechugar con las consecuencias de haberla animado-a-comprarse-un-vestido-que-ella-quería-pero-que-no-se-le-sienta-bien-y-ella-lo-sabe-pero-tú-la-miraste-y-pensaste-que-le-gustaba-y-por-eso-se-lo-llevó. Pero no, así que ahora ella está cabreada porque tiene un vestido caro que no se pone porque cada que se lo prueba en casa le recuerda que debe perder 2 kilos para poder volver a respirar con él puesto.

Los más avezados guerreros de este combate, hombres que a base de años de equivocarse han empezado a cogerle el truco, os podrán decir que simplemente, buscamos que se nos diga a todo que sí. Pero eso es una conclusión simplista e injusta, que os volverá pobres eunucos tras unos años de relación, y a la otra, tarde o temprano, se le cruzarán los cables y se hartará de que le digas siempre que sí. Porque, y eso es verdad, tampoco nos gusta eso (todo el tiempo, quiero decir, ejem.)

Entonces, cuál es la solución??? Cuál?? Pues yo la tengo.

Así es

Y te estás muriendo de ganas de que te la cuente, verdad?

Espera.

Un momento.

Ajá.

Venga, que voy.

Es muy sencillo. En ciertos momentos, cuando hay dudas de qué código aplicar ante una pregunta y cómo contestar, hay que tener muy claro un concepto, grabado a fuego: NOSOTRAS YA SABEMOS LO QUE QUEREMOS HACER. Ya está, ya lo he dicho. No necesitamos que nos lo digan. Sabemos si el vestido nos sienta mal, el colegio que queremos para los nenes, si queremos ir a comer con tu madre o no el domingo y si esta noche queremos pizza o hamburguesa. O en el peor de los casos, sólo nos hace falta un empujón para tomar la decisión.

Entonces, amigo mío, sé listo: devuélvenos la pregunta. Simple y llanamente. Haz tú la pregunta para que ella te la responda. Sírvase el siguiente ejemplo:

Ella: cari, qué opinas de este vestido.

Opción 1:        Te queda muy bien

Opción 2:        No me gusta, no te termina de sentar bien.

Opción 3:        ¿Qué opinas tú??

Obviamente, la respuesta correcta es… la 3. ¿Por qué? Porque ella sabe ya lo que quiere, sólo necesita un refuerzo. Y si ella te dice que la queda bien y que se lo lleva, pues se lo llevará. Ya es cosa tuya decirle que es caro, pero si ella tiene esa duda (que seguramente lo dirá) tú ya puedes meter baza. Si sabe que no le queda bien, al decirlo en alto, se auto-convencerá y lo dejará en la percha. O tú podrás decirle que tiene otro que la sienta mejor o cuyo color le va más, porque ese le hace parecer cadavérica. El resultado es lo de menos: es que tú has sorteado hábilmente el escollo.

Así que… hazte hábil en reformular preguntas, repregunta y requetepregunta. Y, una vez espantado el fantasma del doble sentido, sabiendo lo que la otra piensa, por lo menos, podremos discutir o comentar haciendo un uso literal del lenguaje, sin preocuparse de las minas enterradas en forma de palabras peligrosas.

Mmmhh, palabras peligrosas. Palabras tabú. Un tema muuuuy interesante, que desarrollaremos en otra ocasión. Continuará…

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