Cómo empezar el día con mal pie

Alguien quiere empezar mal el día? Pues no. Es algo que detestamos, que odiamos… comenzar ya la mañana con el ceño fruncido y ganas de morderle la yugular a alguien. Pero la realidad es que ocurre. Días nefastos, que pintan grises aún sin haber salido de casa. “Quiero volver a meterme en la cama y que el mundo se olvide de mí” Torcidos, jodidos de veras, vaya.

Esas mañanas no suceden porque sí, qué va, no no. Son suma de una multiplicidad de pequeños detalles, que por separado puede que nos fastidien un poco el ánimo, pero juntos pueden desencadenar el comienzo del Apocalipsis.

Así que, tenemos que estar avisados de que amenaza día chungo cuando nos encontramos con esto:

– Te has dormido: el despertador del móvil lo programaste para las 6:30! De la tarde. Qué gracia. Abres el ojo, ves que vas con media hora de retraso… y sales de la cama como si tuvieras un petardo en el culo.

– No hay café hecho. Estando solo tiene un pase (uno se cabrea con uno mismo y listo) pero en pareja… es el principio de un mal rollooooooooo… “Te lo has terminado? Ya podrías haberme puesto a hacer una cafetera mientras me ducho, que voy tardísimo. Es que siempre igual” Y aún puede empeorar si, además, resulta que no tienes café molido para ponerlo. Entonces ya el cabreo puede ser mayúsculo.

– Rollo de papel vacío: sí, ese momento en el que te das cuenta que estás sin papel higiénico, que suele ser justo cuando vas a usarlo. Y no, no hay en el armario del baño. Y sí, tienes que ponerte a dar voces para pedir un rollo, a ver si tu pareja (que esperemos que no esté muy enfadado/a tras el bocinazo que le has soltado por lo del café) es tan amable de alcanzártelo. Si vives sólo, bueno… instantes de modelo pingüino.

– Agua fresquita en la ducha: o tu pareja la ha usado toda o directamente se ha jorobado la caldera. Y no hay vuelta atrás, porque uno se da cuenta de esto cuando ya está dentro y tras haber usado el resto de agua caliente que quedaba en la cañería (fútil ilusión!) y ya andas medio enjabonado. El caso es que sabes que te tienes que aclarar… y no puedes. Qué dolor, qué frío, qué de tó. Y mierda, no hay café para que te entone!

– Ausencia de ropa interior limpia. Vas tarde, sin café… y no encuentras en el cajón de la ropa interior más que calzoncillos con agujeros o bien las bragas modelo Bridget Jones. Y uno se viste pensando “Por favor por favor por favor, que no vaya a pasar nada y me tenga que quedar con esto puesto a la vista! Qué vergüenzaaaaaaa”

– Lo que te ibas a poner está o sucio o sin planchar. Malo en ambos casos. En un caso o en otro (si tienes que pensar qué otra cosa te vas a poner, o si te animas a planchar lo que tenías pensado) vas a llegar aún más tarde.

– Dónde están las llaves? Matarile rile rile… Esa es la canción que se canta en muchos hogares españoles por la mañana. Da igual qué llaves sean (las de casa, el coche, la oficina) Y siempre están en el último sitio donde se buscan, qué casualidad. Pero eso sí, seguro que te has olvidado otra cosa (la mochila del gimnasio, la tartera, al niño)

– Transporte: si vas en bus o en metro, los pierdes. Pero aún más, es por segundos, después de pegarte la carrera hacia la parada o el andén respectivo y que te cierren la puerta en las narices. Si vas en coche, pillas el atasco monumental del siglo y llevas el coche en la reserva (angustiaaaaaaaaaaaa)

– Sales del metro, y pisas una caca de perro. Si vas en coche, no consigues encajarlo ni untándolo en vaselina para que quepa en ese mini hueco que has visto. Al final consigues dejarlo aparcado tan lejos que te hace falta un billete de metro para llegar.

– Llegas a la oficina. No encuentras las llaves. Tus compañeros no te oyen cuando llamas al portero automático. Vas aún más tarde.

– Entras corriendo, esperando/rezando para que tu jefe/a que suele llegar tarde, ese día siga siendo impuntual. Pues no, mira tú. Te pilla de frente según entras. Entonces te cae la bronca sin que dé tiempo a quitarse el abrigo.

Hay un elemento que puede empeorar exponencialmente todo lo anterior. Lluvia. Como has salido corriendo y mal vestido de casa por ir tarde, te has puesto zapatos finos y se calan los pies. O te has dejado la chaqueta y vas heladito. En el bus, la gente o te clava sus paraguas o te empapa con ellos (malditos chismes del demonio, creo que pierdo 4 cada invierno) Los atascos empeoran, los coches van tan despacio que parece que estuvieran buscando sitio en un aparcamiento más que por la carretera. Te resbalas a la salida del metro: no te caes, pero te da un tirón en la espalda. El paraguas se te da la vuelta por el viento, y te empapas. Y tú destemplao, porque no te has tomado el café.

Sigo? Bueno, creo que ha quedado claro cómo empezar mal un día. Ante esto, cuando parece que los astros se alinean, baja la marea y los elementos se conjugan para amargarle a uno el día, sólo se puede agachar la cabeza y aguantar el tirón.

Y después de salir de trabajar, recurrir a la una buena alimentación reparadora, dígase, chocolate, pizza y cerveza/vino. En cantidades proporcionales a la cantidad de los sucesos anteriores que hayan pasado en una misma mañana. El máximo recomendable son 1 tableta de chocolate Valor con almendras, 1 pizza Pata Negra del Domino´s y 2 litronas de cerveza ó 1 botella de vino tinto por persona (cantidades máximas aplicables sólo en caso de desesperación absoluta: aparte de ocurrirte todo lo anterior, se te ha inundado la casa porque se ha roto la lavadora)

Pero no perdamos la esperanza. Estadísticamente, es poco probable que todos estos factores maléficos se puedan dar a la vez. Son como los fallos de los aviones: pasan de uno en uno y permiten que el avión vuele, esto es, que nuestro día no termine de ser un desastre del todo. Así que ánimo. Bueno, a mí por lo menos, esta mañana, lo único que me ha pasado es lo del despertador… y que voy a tener que coger el metro para ir al coche!

Magic Tv – Xplora

Si mis tardes veraniegas estaban consagradas al empalago fucsia de Divinity, las noches estivales pertenecían, sin duda, a Xplora (descubrimiento cortesía de mi papi, gracias papi)

Partamos de la base de que Xplora es a los tíos lo que Divinity a las mujeres. Es un canal de machos y para machos. Su cabecera incluye botas sucias y un todoterreno. Su programación articula toda la serie de topicazos de lo que se supone que gusta a los hombres: bricolaje (que no decoración: eso es cosa de tías o gays), crímenes raros, restauración o compraventa de coches, empeños, pesca, caza de caimanes… Y las subastas, que es un apartado propio y de lo más bizarro que he visto.

Por supuesto, yo tengo mis prefes dentro de la parrilla de programación de este canal que exuda testosterona, y que os recomiendo vivamente:

– Monstruos de río: el presentador/pescador protagonista se dedica a ir por el mundo intentando averiguar si las leyendas locales existentes sobre seres mitológicos que habitan en los ríos son verdad o ficción, o si están inspiradas en peces locales.
Os voy a ahorrar que perdáis el tiempo: nunca encuentra evidencias de nada. En absoluto, ná de ná. Es un fracaso constante.
Pero el hombre pesca unos bicharracos de impresión. Unos peces que parece mentira que puedan vivir en un río… o que se puedan sacar del agua. A mí, desde luego, me tirarían de la barca. Hace unos días vi un capítulo en el que pescaba en el Amazonas una variedad de pez gato local de 60 kgs de peso!!!! Y un bagre de 80!! Un bagre??? Qué puñetas es un bagre?? Eso no se puede vender en una pescadería, hombre! A mí me sacan de los salmonetes, la merluza y poco más… Y lo siento, un bicho del tamaño del primo de Moby Dick no puede estar bueno rebozado: me quedo con los boquerones.

– Empeños a lo bestia: hay varias sedes (Las Vegas, Los Ángeles…) pero sin duda la más casposa, la más cutre y deprimente es la de Detroit. La tienda la lleva un padre de familia con pinta de patriarca del clan de los Candiles con todo el pelo repeinado hacia atrás y una mala leche que podría amargarle el día a un oso amoroso. Trabaja con sus dos hijos (de ellos, el que más miedo me da es la chica, ha salido al padre en cuanto a carácter) con los que no para de discutir. Y la clientela ya es para darle de comer aparte… gente muy rara, de verdad. Uno llegó con una cámara rota sin objetivo y decía que era vintage (en mi mundo… estaba rota)

– LA piscina de tus sueños: este programa me súper gusta. Es de un señor que hace piscinas de estas integradas con el entorno, que parecen verdaderas lagunas naturales. Este viejete de 70 años transmite un entusiasmo por lo que hace que ya quisiera yo tenerlo! Me encanta, pero yo siempre llego a la misma pregunta existencial: como las deja con el fondo oscuro e irregular… cómo puñetas se pasa el limpiafondos a eso??? No se ve la porquería! Le veo un trasunto asquerosete que no me termina de convencer.

– Subastas a lo bestia: esto es divertídismo. Hay dos modalidades: los que pujan por trasteros abandonados y los que lo hacen por containers de barco que nadie ha recogido o no han pagado las tasas portuarias. Es como la emoción de la búsqueda del tesoro: qué habrá cuando abran, qué habraaaaaaaaaa… “Me he dejado miles de dólares en eso… qué habrá dentrooooo” Llegan los agentes, rompen o abren la puerta… Y es como entrar a la cueva de Alí Babá. Unos hermanos negros se encontraron con un cargamento de telas, rollos de buen algodón, y un maletín con piedrecitas de colores. “Esto fijo son piedras preciosas” dijo el hermano nº1 “Que va tío, seguro que son de pega” dijo el hermano nº 2 “No confías en mí, tío, te digo yo que son piedras preciosas” “Tú estás fatal tío, ya verás que no” Y como os podéis imaginar… eran bisutería, para ropa. El chino que les hizo la tasación se partía de risa, viéndoles la cara de pena/pringadetes. Pero yo creo que lo mejor fue el día que vi a una pujar por un container porque tenía el soplo de que había algo bueno dentro. Se curró la subasta, subiendo con cada propuesta de los hermanos israelíes… Y llegó a pagar 4.000 USD Y qué había dentro? Os preguntaréis. Pues… plátanos. Plátanos, plátanos y más plátanos. Y bueno, un juego de machetes. Imaginaos la cara de la pobre mujer: como no los vendiera para hacer Banana Split a una cadena de heladerías, lo llevaba claro clarinete para recuperar su inversión Menuda cara de desconsuelo tenía la pobre.

Y luego hay otros documentales interesantísimos, como Megaconstrucciones, muchos de ellos edificios enormes o estructuras inmensas. Yo tengo la teoría de que el arquitecto que diseña un edificio así es porque cree tener algo que demostrar… y ahí lo dejo.

También están bien los de compra de coches míticos para restaurarlos. Hay auténticos artistas en eso, de verdad, me admiran. Un día trajeron un Porsche que se caía a trozos. Después de repararlo por dentro y por fuera, un pobre hombre, armado con toda la paciencia del mundo y un martillo, se puso a quitarle las abolladuras… a mano! Y después se tiró 6 horas para darle las 3 capas de pintura roja brillante. El coche quedó impresionante. Y entonces, el dueño (muy listo y muy mañoso) lo sacó del garaje donde se estaba sacando, y… pues se encontró con un bolardo movedizo (que debió de aparecer andando por la calle, porque el tipo decía no haberlo visto) y bueno… el bolardo se quedó rojo precioso. Y no veáis la que se lió!

En fin, que como veis, a efectos de programación, en la tele tenemos de todo: para chicos, chicas, animales y algún ser humano y todo. Así que nada, os dejo que paséis un buen fin de semana, que me voy a restaurar un mueble, llevar el coche al mecánico, mirar vestidos de novia y a pescar. Definitivamente, va a ser que veo demasiado la tele.

Enlace

Siendo sincera, os confieso que no veo mucho la tele. Básicamente, porque no tengo tiempo, vaya. Poco más que las noticias de la 1 (que si uno necesita motivos para deprimirse, son mano de santo) y los Padrinos Mágicos en Neoxx, sábados y domingos por la mañana mientras desayuno. Bueno, y los Pingüinos de Madagascar, en Clan. Como se ve, soy súper madura para mi edad.

Sin embargo, esto cambia drásticamente en vacaciones de verano, cuando ahí puedo echarme la siesta y poner la caja tonta de fondo. Y he de deciros que me lo he pasado bomba!! He redescubierto dos canales que han resultado ser una mina de programas de lo más bizarro que han hecho las delicias de mis tardes de calor.

El primero, Divinity. El canal más rosa del Universo. Tan rosa, que le dan ganas de vomitar hasta a las Barbies. Su eje vertebra sobre los siguientes temas: las series con tíos buenos (Castle, Anatomía de Grey, 5 hermanos), los programas de novias (y todas sus posibles ramificaciones: vestidos, tematización, puestas a punto para …), cambios de estilo (para horteras sin remedio) y los de reformas de casas.

Con las series, ni fú ni fa: como dice una amiga mía, si la gente que curra en los hospitales dedicara tanto tiempo en el trabajo a sus tejemanejes amorosos allí (desde un “aquí te pillo aquí te mato” en el cuarto de las guardias a una escenita de celos en el comedor de personal o ligar en los descansos) se morirían los pacientes a puñados.

Lo de las novias es muuucho más divertido. Sobre todo, los que son elegir vestido. Es genial. Yo he hecho mi particular ranking de prototipos de chica que sale:

– La indecisa que necesita tener una “conexión emocional” (literalmente) con su vestido. Yo juraría que lo importante es tener la conexión emocional con el novio, pero no sé, debo de estar equivocada… Al final, este tipo de chica suele acabar con un vestido palabra de honor, con encaje y pedrería bling bling, solo apto para verlos con gafas de sol tipo Karl Lagerfeld (aunque al Káiser le ocasionaría un desprendimiento de retina al ver aquello, fijo!)

– La “sin complejos”: aquí me debato entre dos posturas. El “Olé ella, con su tonelaje y el palabra de honor entallado que lleva y tan pichi” o el “Chica, háztelo mirar, por piedad” Es que tela marinera lo que se ve, en serio. En algún punto debería coincidir la propia autoestima con la estética, pero en el caso de alguna, más bien colisionan.

– La que quiere satisfacer a todo el mundo: la bendita elección del vestido parece un asunto de Estado donde tiene que haber unanimidad. Van con un comité que ni la ONU. Le tiene que gustar a la madre (cómo no!), a la suegra (da igual el país, siempre dan miedo), a la amiga (mención aparte se merecen las amienemigas, la pasivo/agresiva que le jode la prueba a la otra por envidia, ayyy que malas que son), a la prima, a la vecina del 6º (“es como mi hermana”)… alguna hasta se lleva al perro!!! Y así claro, pues no hay manera de ponerse de acuerdo. Y como acaba la novia? Pues con un vestido palabra de honor, con encaje y pedrería bling bling. De nuevo, pobre Karl Largerfeld.

Y luego ya está el submundo de las madres dominadoras, las amigas o invitados que roban el protagonismo a la novia, la que no sabe lo que quiere (lo sorprendente es que sepan que quieren casarse!!)

Pero da igual.. porque todas van a salir… Pues sí, amigo lector, un vestido palabra de honor con encaje y pedrería bling bling. Ay Señor, qué cruz.

Lo de los cambios de look en plan “Tu estilo a juicio” ya es de traca. Es como ver a un tuerto guiando a un ciego. No se sabe quién va peor vestido: si el presentador o el individuo al que se supone (que es mucho suponer) que le van a mejorar. Hay resultados para todos los gustos, alguno hasta pasable, casi humano. Eso sí, todos comparten un aire gracias al dentista de turno y unas impresionantes carillas en los dientes, consiguiendo el mismo efecto que Jim Carrey en “La Máscara” Chisssssspeanteeeee!!!!

Y ya, os dejo para el final lo mejor: los programas de reformas. Mi favorito? El de los gemelos, Jonathan y Drew Scott: uno es vendedor de casas y el otro contratista de obras. Muy majos. Son la versión House de ese mundillo. Por qué? Porque todos sus capítulos son un clon de los House (salvando las distancias):

House:

– Aparece el paciente aquejado por su extraña enfermedad.
– House, medio colgado por la Vicodina, diagnostica mal.
– El paciente, hecho polvo, acepta un tratamiento experimental raruno mientras propone a House cualquier tipo de conflicto ético.
– El tratamiento no surte efecto y el pobre enfermo empeora a pasos agigantados. House se desespera y pone cara de susto.
– De repente, House abre los ojos como platos, da un salto, dice “Eso ES!!” y se va corriendo a la habitación donde el otro agoniza. Aplica cualquier tontada.
– El enfermo se cura.
– Todo el mundo feliz, encantado y sonriente.

Gemelos:

– Parejita busca casa.
– Drew, en un acto de deliberada crueldad, les enseña la casa de sus sueños, que no pueden pagar ni vendiendo sus cuerpos a la ciencia.
– Los tórtolos, como han vendido su casa antes, aceptan comprar una vivienda que se cae a trozos para reformar.
– La casa tiene vicios estructurales: moho en los aislamientos, tuberías picadas, cimientos con fisuras… El presupuesto se incrementa por los imprevistos. Jonathan suda tinta. La parejita se amarga.
– Jonathan se busca las mañas y se las apaña para sacar descuentos o conseguir piezas de liquidación para abaratar costes.
– La obra concluye sin desvíos de presupuesto.
– Todo el mundo feliz, encantado y sonriente

En fin, qué como veis, me lo he pasado de fábula con Divinity. En dos palabras, im-presionante.
Pero no os creáis, que por las noches, Explora me ha enseñado otra cara del mundo. Pero chicos, esa es otra historia que merece ser contada en otra ocasión.

Hello rutina!!

No voy a ponerme a echar pestes porque las vacaciones se han terminado. No, porque seguro que tú lo has podido hacer con incluso más saña que yo, y en varios idiomas, incluida alguna lengua muerta. Quizá también romulano o en  wookie.

 Bienvenidos atascos. Ruido. Problemas para aparcar. Estrés. Los jefes. Las prisas. 

 Pero vamos a dejar que eso pueda con nosotros, tropa? A que no! ( “Señora, no, Señora” es lo propio que hay responder, fuerte y a gritos) Pues eso. Ya está, no se hable más.

Porque, aunque parezca un mal chiste o una broma de mal gusto, la vuelta a la rutina tiene sus cosas buenas. Es verdad, no pongas esa cara de asombro, que las tiene, hombreee! Piénsalo: a que hay cosas que, cuando te vas fuera a pasar unos días, echas de menos? De repente, te encuentras pensando “Jo, esto no está mal, pero no es como el que tengo en casa”

 Así, de bote pronto, se me ocurren unas cuantas:

 –  Tu cama: la de cada uno, no pienses mal. Porque el colchón del apartamento de la playa tiene unos muelles que se clavan (lo de los caseros desalmados no entiende de zonas) y sólo es apto para faquires en modo experto. O porque tu litera en el refugio de montaña tiene un grosor de una colchoneta para hacer Pilates. O porque en la casa de tu abuela en el pueblo siguen con esos colchones de lana, en los que uno sabe cómo ha entrado… pero no cómo va a salir de ellos: te tumbas, te hundes, te hundes, te hundes un poco más… hasta que casi ves la luz por un agujerito.

 Y la tuya, la de tu casa, tiene colchón viscoelástico. O de muelles. O incluso es gomaespuma dura. Pero chico, se duerme del tirón y da gusto. “ET, teléfono, mi camaaaa” debería haber dicho.

 Y ya, por no hacer más sangre, del tema de las almohadas no hablamos en profundidad. Sí, sabes a lo que me refiero. Cuando te vas fuera, la almohada o es alta que casi tienes el cuello en un ángulo de 90º o tiene el espesor de un cojín. Venga, va, en serio. Esto llama a la Justicia Divina.

 – Tu cuarto de baño: las ventajas del baño de tu casa humillan por goleada hasta al mejor baño de fuera. Fíjate lo que te digo, aún de cualquier hotel de 5* Sé de lo que hablo. Estuve en un hotel estupendo, el Grand Hyatt Los Angeles. Entré en el aseo, y era espectacular, realmente maravilloso. Conectaba con el vestidor y la entrada, tenía un plato de ducha casi del tamaño de mi salón, unas amenities de Morton Brown que te morías y unas sales de baño que apetecía comérselas, la parte de la ducha separada de la del resto… Casi no querías ni salir. Pero sabéis qué??? Me colgaban las piernas sentada en el inodoro. Os lo prometo. Casi necesito una banqueta para bajarme. Y eso le quita todo el encanto. A nadie le sienta bien que un baño le haga sentir liliputiense, por muy Hyatt que sea.

 – Tu armario: este síndrome es típicamente femenino. Puede resumirse con la frase “Cómo narices he hecho esta maleta!!!!” Sí. Cuando abres la bolsa de viaje en el sitio donde te vas a quedar en vacaciones, y empiezas a sacar la ropa. Y de repente, con pavor/horror/estupor, te das cuenta de que nada de lo que te has llevado pega con nada. Los zapatos no combinan con los vestidos. Las blusas con los pantalones, ni los bolsos con los zapatos. Y te acuerdas de repente “Andaaaaaa… lo bien que quedaban estas sandalias con el vestido verde” Vestido verde, que, por supuesto, no nos hemos llevado, y que está limpiamente colgado en tu armario a 400 kms (y eso si te has ido cerca) Y eso, sin contar con el factor tiempo atmosférico: hace uno una maleta pensada como para veranear en el Sahara, y te encuentras con máximas de 23º Y la ropa que nos hemos llevado, del grosor de un pañuelo de seda.

 – Tu cocina: no por cocinar en sí, no. O porque tenga uno apego a sus propios vasos o algo así. No. La cosa es que uno, al principio de las vacaciones, come sin parar. Vinito, cervecita, patatas fritas, aperitivitos… heladito por la noche, pescaíto frito, rabas… Y de repente, uno se levanta una mañana, se mira al espejo, y como esa chica del anuncio de yogures “Pepe, oye, que esta barriga no es mía” Uno se encuentra con un protector manto adiposo que no estaba allí al llegar al pueblo. Y claro, sobreviene el conocido síndrome de “Bueno, ya me pondré a dieta cuando vuelva a casa, e iré al gimnasio” Porque hay que asumirlo: dieta y vacaciones son términos antagónicos e incompatibles. Así que uno está rezando ya para volver a casa, a ver si, tras unos días de control, ese molesto botón de pantalón se deja abrochar mejor, o al menos, no aprieta tanto que parece que va a salirnos por la espalda.

 Así que, amigos, amigas, gatos y perros, concluyo que la rutina no es tan mala. Tiene el sabor de lo cotidiano, de la vida que uno se forja todo el año, de recuperar a los amigos y poder atormentarles con interminables sesiones de fotos (ahora es más rápido, que se puede hacer por Instagram o Facebook y dar envidia en tiempo real), de comer lo que uno quiere y no lo que le dicta la suegra, de salir a correr sin parecer un lunático o derretirse por el calor (como si fuéramos la Bruja del Este tras un baldazo de agua, ésa sí que no acepta el Ice bucket Challenge ni de coña) y de poder dormir en nuestra camita. La mía sé que me ha echado de menos, y yo a ella… y mucho.  

 

Dancing queen

Me encanta bailar. Me gusta un montón, uuuuuyyyyy síiii! Creo que lo he heredado de mi madre. Oye, que yo a mi padre le adoro y es el mejor del mundo (no empecemos con guerras fratricidas de comparaciones, porque voy a ganar, y lo sabes) pero el pobre mío se mueve menos que un gato de escayola. Tiene menos swing que un tronco. Aunque yo creo que es cuestión de timidez, papi, porque para bailar hay que olvidarse un poco del sentido del ridículo.

La verdad es que me pones un poco de musiquilla y ya me lanzo, mira. En cualquier sitio. En cualquier momento. Por ejemplo, que levante la mano quien no haya bailoteado un rato solo cuando los padres le dejaron solo en casa por primera vez, ehhhhh!!!! Todos tenemos en la cabeza esa escena de Risky Business, con Tom Cruise en camisa, calzoncillos y calcetines, deslizándose sobre el parquet de su casa. Vengaaaaaaa… reconócelo, que tú también lo has hecho! Agarrando cualquier objeto cilíndrico (desde un rollo vacío de papel higiénico a las planchas del pelo) como micrófono improvisado, con un público invisible vitoreando! Eo eo eo!!! Y la música a todo trapo! Wow, qué subidón! Es genial bailar solo en casa. Ahí uno no se tiene que preocupar de la posible arritmia motriz de cada uno, los pasos que uno jamás se atrevería a hacer en público salen perfectos y, sobre todo, lo de bailar en ropa interior sin complejos ningunos. Yo he de reconocer que me encanta bailar… cuando cocino. Sí. Como me pone de buen humor, estoy como más centrada y todo me sale más rico. Por ejemplo, le debo a Justin Timberlake (“Suit and tie”) una estupenda crema pastelera para unas filloas de hace unos meses.

Ay, es que a mí me pone de buen humor. Por ejemplo, por la mañana en el coche. Sale una buena canción en la radio, en medio de un atasco, en un día de lluvia. Y de repente, empiezas a tararear “It might seem crazy what I’m about to say, Sunshine she’s here, you can take a break” Y empiezas a golpear el volante suave, rítmicamente, y poco a poco vas moviendo los hombros adelante y atrás, siguiendo el ritmillo… “Because I’m happy. Clap along if you feel like a room without a roof. Because I’m happy…” Y te lanzas ya, ahí, dándolo todo. “Because I´m Happyyyyyyyyyyyyy…” Ya cantando a pleno pulmón, moviéndonos en el asiento como si estuviéramos sentados encima de algo que quemando, ahí en plan OT total. Aunque bueno, es mejor no mirar a los lados… Porque ese síndrome de invisibilidad al volante (que pensamos que nadie ve lo que hace cuando estamos dentro del coche, de ahí las famosas prospecciones petrolíferas nasales, puaaaj) no es real, y lo más probable es que el de al lado nos esté mirando con cara de estupefacción… o lo mismo es envidia??? Vaya usté a saber.

De adolescente y ya entradita en la veintena yo salía a bailotear, tal cual. Ese era nuestro objetivo específico, después de intentar ligotear un poco, claro. Sin embargo, es una pena, porque lo de salir a bailotear lo vamos perdiendo con el tiempo, a medida que nos vamos haciendo mayores, y la opción de salir de marcha hasta las mil va variando a “salir a cenar y como mucho, una copa” Y me temo que cuantos más años vamos cumpliendo, la cosa empeora. Y empeora hasta tal punto que una cena simplemente ya es un planazo. Y prontito a casa, que los niños se levantan a las 08:00. Cosas de la edad. Visto esto, mirando hacia atrás, entiendo ahora perfectamente a los invitados de las bodas, de mediana edad, que se lanzan como posesos a la pista de baile y la queman a tope hasta el final de la noche, dándoles igual bailarlo todo igual (desde Beyoncé a Camilo Sesto pasando por Los Chunguitos), ser la madrina o el padrino o que los pies y el resto del cuerpo parezcan que van mandados por dos cerebros distintos. Coñe, si es que lo mismo hace 15 años que no bailan!! O desde la boda anterior. Da igual si el estilo es del sesentero de guateque, moviendo la cadera de un lado a otro acompañando los brazos al compás. Tienen que soltar lo que llevan ahí dentro, reprimido, pulsando por salir y que, por fin, encuentra un lugar donde salir. Y vaya desfogue!!

Voy a confesarlo. Yo el sábado pasado me sentí así. En la boda de Anabel. Bailé sola, salsa con Paquito (como siempre, qué maravilla muchacho!!!), el “Follow the leader” con el grupo, el bailecito del Saturday Night, Grease… Jope, es que no recordaba la última vez que había salido a bailotear por ahí. No sentía los pies… ni me importaba tampoco. Yaaaaa vendría el domingo, leñe.

Total, que he tomado una resolución. Voy a aprender a bailar el pasodoble. Ahí está, lo he dicho. Porque de cara al futuro, me niego a ser una abuelilla que no pueda bailar en las bodas. El pasodoble es elegante, digno. Así que listo, aprenderé a bailarlo, esperando no tener que ejercitarlo solo cada 15 años y poder hacerlo con digno compañero de espalda recta.

Cómo pasa el tiempo…

Cómo pasa, de rápido, el tiempo…El sábado se casa una de mis mejores amigas. Nos conocemos desde hace ya la friolera de… espera que cojo la calculadora… 17 años. Justo hace los mismos años que la conozco, que los que estuve sin conocerla. Se me han pasado volando, me sigue pareciendo asombroso…

Belxu, han sido unos años increíbles. Llenos de aventuras. Los mejores 17 años de mi vida. Fuimos al colegio, nos acojonamos cada vez que Julia nos gritaba tras un examen o Blanca nos sacaba a la pizarra. Hicimos Selectividad, atacadas de los nervios en un verano de calor horrible. Hemos estudiado la carrera, salido de marcha hasta las mil (con sus percances de tacones rotos, pantalones reventados, robos de bolso simultáneo, jejeje), fiestas en casas propias y ajenas, compras… y cafés / caña / vinito. Para soltar presión de los jefes, novios o amigos con derecho a roce, disgustos varios… Nos hemos enamorado (afortunadamente no del mismo), desenamorado, conocido gente de todo tipo, pelaje y color. Y viajado. Joer, empezamos en Covarrubias, pasamos a Oviedo (míticas fiestas de San Mateo!!!!!!!!!), Arenas de San Pedro, Casavieja, El Campello, Algarve, Japón.

Y Duque de Sesto, esas tardes de vino blanco en La Latina o con Charlie y María un domingo por la mañana en el centro. En el Pescaíto con Curto un día cualquiera. Sonrisas y Lágrimas un domingo de invierno por la tarde, en bata, en modo Karaoke.

Pero lo mejor es lo mucho que nos hemos reído. Del mundo. De nosotras mismas. De mi horrible corte de pelo modelo casco de los 17 años. De mis gafas de pasta ortopédicas. De mis estilismos noventeros (que por supuesto han desaparecido de los álbumes familiares) Nos hemos partido de risa con tus traspiés, los jamones, las anécdotas con el Huevo las primeras veces que lo cogiste. Y todo ello, con Paquito y Salud, piezas indispensables.

A lo largo de estos años, hemos ido añadiendo muuuchas personas a este itinerario. Un grupo grande y estupendo en ciertas fiestas de Majadahonda. Los compañeros de tu Universidad. Los chicos de la beca. Algunos siguen, a otros les perdimos la pista, pero todos tienen, o tuvieron, su valor.

Y ahora, hemos ganado a Agus, a Kike, a Rafa…

No sé lo que nos deparará la vida, Belxu. Pero tengo varias cosas por ciertas: que te casas de blanco, vamos a ir a un fiestón estupendo en el que espero no hacer el ridículo (guiño guiño codazo codazo) y que seguro que se me va a correr el rímel porque voy a llorar como una niña pequeña.

El resto del itinerario es un misterio, pero espero mucho más. Más risas, más lágrimas, más viajes, más jamones, más melonas en Huelva, pescaíto en Campello, películas los domingos, tardes de marujeo… Y más vinitos (tinto, por favor) Más Belxu.

Tareas pendientes

Antes de nada, me congratulo en que os unierais a la convocatoria de que llegara ya el verano. Pero majetes, os habéis pasado un pelín con el entusiasmo. Esta semana estaremos en Madrid a 40 grados. Os habéis pasado más que Alemania contra Brasil.

Bueno, estuve hace ya 3 semanas en Munich, con el súper grupo que me dejó mentalmente para los restos. Y ahora que se terminó y he vuelto a mi vida normal, me toca meterle mano a las tareas que tenía retrasadas. He escrito tareas. No personas. Que ya me empezáis a pensar mal, oyes.

Después de sacar la ropa de verano (sí, ya lo he hecho, podría haberlo hecho antes y así hubiera llegado el verano hace 3 semanas) me toca empezar con el trastero. Un breve inciso: fijaos que hasta que no he sacado la ropa de verano no ha empezado a hacer calor. Al igual que Alemania no metió gol a Argentina hasta que no me fui ayer a fregar los platos (sí, podía haberlo hecho 1 hora antes y nos hubiéramos ahorrado la prórroga) Fin del inciso.

Pues eso, que me toca meterme a arreglar el trastero. Y de verdad, que no sé por dónde empezar. Porque tengo la siguiente lista de objetos:

– Según se entra, una maleta gigante con una rueda rota. “Para qué guardas una maleta rota??” Pues para meter dentro la ropa de invierno, está claro.
– 1 maleta mediana y dos trolleys. La maleta mediana tiene descosida la cremallera, en uno de los trolleys la barrita no baja y en el otro si meto el secador del pelo… no me cabe nada más. Tengo que hacérmelo mirar.
– Un escritorio regalado, que no me gusta. Tengo que tirarlo. Pero sirve de refugio a 5 muñecas de porcelana vestidas de época, de esas con pelo artificial y todo. Me dan miedo. Las quité de mi dormitorio de LA Atalaya porque nos daban repelús a la Frusfris y a mí. Y ahora viven allí. Y me da canguelo el moverlas. Venga, en serio, no os dan un poco de mal rollito? Que lo mismo me las encuentro un día en el cuarto de invitados en mi casa porque se han mudado motu proprio, mirándome con sus ojos brillantes y desaprobatorios. No entiendo a la gente que las colecciona. Me da la impresión que deben de ser de los que también van a los museos de cera y les gusta disecar animales.
– Los adornos de Navidad. Qué le voy a hacer, en algún sitio tengo que meterlos. Eso sí, nunca entenderé cómo les pudo caber a los de la fábrica el árbol de navidad desmontado dentro de esa caja. Mira que cada año acometo la tarea de guardarlo con ímpetu renovado y la férrea voluntad de que quepa todo y quede bien cerrado. Que si quieres arroz, Catalina. Siempre se queda abultado, a punto de explotar y con dos o tres ramas asomando. Se admiten voluntarios fans del Tetris para ayudarme el año que viene.
– Los trastos de la playa. Parece mentira la cantidad de tontadas que acumula uno para ir a la playa. La toalla, biquinis, dos juegos de gafas y aletas (el dinero del pobre anda el camino dos veces, las primeras gafas que compré se me inundan) Y la bolsa. La bolsa de la playa, regalo de Vichy por comprar un cosmético que no recuerdo, pero cuya bolsa sigo usando. No me cabe nada, pero mira, me hace el servicio… y fue gratis. Llena de manchurrones de crema, de arena de playa que, da igual como la sacudas, sigue teniendo siempre. Creo que es su forma de vengarse de las jornadas de sol intenso que la meto: esparcir arenilla todo el año como recordatorio de las vacaciones, ayyyyy.
– Otro escritorio. Muy feo.
– Un lavabo de porcelana blanca con su peana. Lo cambié por un mueble. Y con el consabido “Guárdalo, que nunca se sabe” lleva 3 años cogiendo polvo. Papá, por favor, llévatelo ya…
– Y lo mejor mejor mejor que tengo que tirar: una mesa de cristal redondo de comedor con patas metálicas.. de tubo!!!!! Doradas!!!! Tomaaaaaaaaa!!!! Ochentero total. Alguien me la regaló de segunda mano con buena intención, pero creo que podría valer como atrezzo de cualquier serie española de los 80. Mira, se lo voy a ofrecer a los de Cuéntame, sólo porque se la lleven.

Y esto son algunos de los objetos que viven en mi trastero… pero no os he comentado los seres que viven en mi trastero. Y digo SERES. Un día bajé y vi una araña esconderse debajo de una caja. Su tamaño era tal, que estoy planteándome bajar la próxima vez con un tridente y una red.

En fin, así está la cosa. Tengo que hacerlo, al igual que ponerme a aprender alemán o barnizar los muebles que me quedan, pero no sé si encontraré las fuerzas necesarias. Me dan mucho miedito esas muñecas.